24 de Abril 2007 - Managua, Nicaragua

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FotoGilda Charlotte Sánchez Padilla


Un análisis de las condiciones de vida de los nicaragüenses en función de su sexo permite identificar que existen diferencias que producen resultados mixtos, en algunos aspectos a favor de las mujeres y en otros de los hombres, indicando que el género es un elemento importante en la determinación del bienestar de las personas y por ende una fuente de desigualdad estructural.

Condiciones de vida



Los datos de la encuesta de FIDEG 2013 muestran que hay una menor proporción de mujeres y de hogares dirigidos por mujeres en condición de pobreza, es decir con un consumo menor a la línea de pobreza. Pero no se distingue una distribución del consumo diferente según la jefatura del hogar, aunque se observa que las mujeres asignan un porcentaje un poco mayor que los hombres a bienes de uso del hogar (12.5% versus 11.8%) y servicios de la vivienda (6.9% versus 5.1%) y un poco menos a la alimentación (57.1% versus 59.3%). Esto puede vincularse a que entre 2012 y 2013 hubo una mayor proporción de hogares dirigidos por mujeres que de hombres que experimentaron transiciones positivas(1) en su condición de vida (17.2%), aunque la proporción de hogares que no experimentaron cambios es similar. Esta situación podría inducir a pensar que las mujeres o los hogares dirigidos por ellas tienen un mayor nivel de bienestar que los dirigidos por hombres, pero al considerar otros elementos del nivel de vida se descubre que no necesariamente es así.

Contrario a lo que se observa considerando como parámetro de bienestar la línea de pobreza la proporción de hogares dirigidos por mujeres que no tienen ninguna necesidad básica insatisfecha (45.7%) es menor que la de los hogares dirigidos por hombres (47.8%), sugiriendo que la pobreza de los hombres es más coyuntural. Por otro lado aunque tanto en los hogares con jefes hombres como en los que la jefa es una mujer la necesidad insatisfecha más común es la dependencia económica(2) esta es una problemática más frecuente para los hogares con jefas mujeres lo cual se puede asociar a que ellas generalmente están solas (77.1% separadas, viudas, divorciadas o solteras) y por ende hay menos generadores de ingresos para el hogar. De manera similar es más frecuente que los hogares dirigidos por mujeres se encuentren en hacinamiento(3)y habiten en una vivienda inadecuada particularmente debido a que las paredes tienden a estar construidas con materiales inapropiados, en comparación con los hogares cuyo jefe es hombre. Por el contrario es menos frecuente que los hogares dirigidos por mujeres cuenten con servicios insuficientes en relación a los liderados por hombres.

Estos elementos por un lado reflejan que las mujeres y sus hogares tienen mayores dificultades para construir una vivienda adecuada, lo cual puede vincularse a los escasos ingresos obtenidos por los empleos en los que mayoritariamente las mujeres logran insertarse, así como menos generadores de ingresosdentro de sus hogares. Mientras que su mejor acceso a los servicios se relaciona al hecho que el 44.2% de los hogares dirigidos por mujeres son urbanos y 21.1% son rurales, de modo que sus hogares se ven beneficiados por la disponibilidad de infraestructura que facilita el contexto. Dicha distribución territorial de los hogares con jefas mujeres aunada al estado conyugal de las mismas podría sugerir dos situaciones. Uno que el contexto en el que se desenvuelven las mujeres en el área urbana, la disponibilidad de infraestructura, economía más diversificada y un mercado más amplio que facilita acceso empleo directo o indirecto formal, informal o por cuenta propia incentiva su autonomía e independencia económica de un hombre. El otro es que las mujeres que se quedan solas por diferentes motivos, asumen el rol de jefa del hogar y recurren a la migración y establecimiento en zonas urbanas que les generen mayores oportunidades de vida (considerando que en el área rural el mercado laboral es eminentemente masculino al concentrarse sobre todo en la actividad agrícola).



Los indicadores sobre educación revelan que la situación educativa de las mujeres ha venido mejorando y equiparándose con la de los hombres a lo largo del tiempo y muestra una tendencia a superar los niveles de escolaridad masculinos en el futuro, lo que sería un elemento positivo en la inserción laboral de las mujeres y su empoderamiento. La tasa de analfabetismo mayor para las mujeres (16.4%) que para los hombres (14.9%) da cuenta de la exclusión a la que estuvieron expuestas las mujeres y niñas en el pasado (algunas todavía), pero el hecho de que actualmente las mujeres tengan 6.2 años promedio de estudio, en comparación con los hombres que alcanzan 6 años, sugiere avances en el acceso a educación por parte de las mujeres. Por su parte la ventaja educativa de las mujeres se avizora en las tasas netas de matrículas mayores para las mujeres que para los hombres en todos los niveles educativos.Dicha ventaja entre otros factores podría vincularse a una trampa de género para los hombres, ya que debido al rol que se les asigna desde niños como proveedores, responsables de generar ingresos limita su acceso a la educación y su posterior inserción en el mercado laboral en empleos formales(4).

Acceso a mercados



Contrario a lo que puede afirmarse en relación a la ventaja educativa, no se puede asumir que las ventajas en cuanto al nivel de consumo y acceso a servicios básicos de los hogares liderados por mujeres hayan sido propiciadas por factores de género. No obstante, como se ha explicado los elementos negativos de su condición de vida sí pueden asociarse a elementos de género. Al respecto los datos recolectados por FIDEG además permiten observar la existencia de desigualdad de género en el acceso a mercados (laboral y financiero).

Participación en el mercado laboral



Uno de los espacios donde se muestra mayor diferencia entre hombres y mujeres es el ámbito laboral porque se circunscribe al espacio público del cual la mujer ha sido limitada debido al rol de género que se le ha asignado (ama de casa, cuidadora del hogar y la familia). En 2013 el 48.3% de las mujeres en edad de trabajar (mayores de 10 años) estaba económicamente activa representando una parte importante de la mano de obra nacional y un avance significativo en la participación económica de las mujeres. Sin embargo al comparar este porcentaje con la proporción de hombres económicamente activos (77.9%) se registra una gran brecha.

La mayor tasa de actividad para hombres y mujeres la tiene el grupo etario de 45 a 54 años de edad, este pico es mucho más elevado para los hombres (94.4%) que para las mujeres (68.6%). Pero la mayor brecha entre la tasa de actividad de hombres y mujeres se observa en el grupo de 15 a 24 años y el grupo de 65 a 74 años, lo cual podría asociarse al ciclo de vida personal y familiar. El primer grupo comienza a establecer sus propias familias lo que demanda más trabajo de cuidado dentro del hogar, el que generalmente es asumido por las mujeres, o bien son mujeres que están estudiando. En el caso del segundo grupo podría vincularse al trabajo de cuidado informal que las abuelas hacen de sus nietos y resto de la familia, lo cual coincide con el hecho que la mayoría de las jefas de hogar tengan entre 55 y 74 años de edad.

La distribución de las personas inactivas valida el argumento anterior, ya que el 46.1% de las mujeres inactivas se ocupan en los oficios del hogar, mientras que 41% es estudiante y un 3.9% es anciana. En contraste la proporción de hombres que se dedica a las labores del hogar es solo 4.1% pero un 67.8% está estudiando, una proporción igual a la de mujeres es anciano y el resto realiza otras actividades no mercantiles. Estas cifras muestran el rol de género asumido por mujeres y hombres, el cual perjudica a las mujeres porque las limita de obtener un ingreso propio lo que incide negativamente en su independencia y capacidad de agencia y negociación en el hogar. Por otro lado, las mujeres que no se insertan al mercado laboral no tienen posibilidades de acceder al componente de pensiones de la seguridad social lo cual es un efecto negativo para su condición de vida futura e implica el no reconocimiento de su labor en el hogar por parte de la sociedad y el Estado.

De las mujeres económicamente activas la mayoría logra emplearse, solo un 2.9% de ellas estaba desempleada en 2013 una proporción menor a la de los hombres (4%). No obstante la forma en la que las mujeres se insertan al mercado laboral no es la mejor, el 78.2% se ocupa en empleos informales en los que no reciben prestaciones sociales, no cotizan a la seguridad social y están desprotegidas ante la ley; si bien la informalidad es un fenómeno que también afecta a los hombres la proporción es menor a la de las mujeres. Por otro lado, el 58.4% de las mujeres económicamente activas están sub empleadas, es decir trabajan menos de 40 horas a la semana, mientras que un 34.6% de la PEA masculina se encuentra en esta condición. Lo anterior refleja la imposibilidad del mercado laboral nicaragüense de absorber la oferta laboral pero también indica que es más difícil para las mujeres insertarse en este mercado de manera formal.

Esta problemática puede vincularse con la forma en que las mujeres acceden al empleo, la mayor parte (41%) de ellas trabaja por cuenta propia y un 21.7% son trabajadoras/familiares no remuneradas, categorías ocupacionales que por su naturaleza se asocian a la informalidad y el subempleo. La participación de las mujeres en estas ocupaciones es mucho mayor que la de los hombres, lo cual podría asociarse con la escases de empleos formales y la necesidad de ingresos para el sustento de la familia, pero también con la flexibilidad que este tipo de empleos brinda para armonizar las responsabilidades familiares y la vida laboral. Sin embargo, el hecho que las mujeres se empleen de esta forma limita sus posibilidades de mejorar su condición de vida pues sus actividades por cuenta propia se asocian a empleos de subsistencia, poco remunerados en los que no acceden a seguridad social y por ende se privan de acceso a la salud previsional y a una pensión de vejez en el futuro; de hecho solo 10.2% de las mujeres acceden a la seguridad social en comparación a un 12.9% de los hombres.

En cuanto al sector y las actividades económicas en las que se ocupan mujeres y hombres se observa una clara diferencia correspondiente a los roles de género y las actividades tradicionalmente concebidas como femeninas y masculinas. Los hombres mayoritariamente se ocupan en el sector primario de la economía (51.1%) especialmente en la actividad agrícola, mientras que las mujeres se ocupan en el sector terciario (59.8%) en actividades de comercio y servicios, destacándose los servicios sociales y comunales que incluyen servicios de cuidado, enseñanza y otros relacionados a las actividades domésticas o tareas “femeninas”. En tercer lugar mujeres y hombres se ocupan en el sector secundario de la economía, pero en este se distinguen ramas de ocupación por sexo. Los hombres se emplean sobre todo en la actividad de construcción y la minería, mientras que las mujeres en la industria manufacturera que es mayoritariamente textil, actividad vinculada también a las actividades tradicionalmente femeninas. De este modo en el mercado laboral se observa una división sexual del trabajo.

Mercado financiero



De manera similar a lo que sucede en el mercado laboral, la forma en que las mujeres participan en el mercado financiero es diferente a la de los hombres sugiriendo la desigualdad de género en el acceso a recursos y capital, lo que a su vez incide negativamente en el empoderamiento económico de la mujer, en el aumento de la productividad y rentabilidad de sus negocios y de los ingresos percibidos por los hogares liderados por ellas.Si bien el 8.1% de las mujeres accede al crédito y esta proporción es mayor que la de los hombres (5.7%) la fuente de su crédito son principalmente las microfinancieras (46.4%) y las instituciones del Estado (27.4%). La primera fuente de financiamiento también es la más frecuente para los hombres que accedieron al crédito pero su proporción es menor que la de las mujeres que. Lo mismo sucede para la segunda fuente pero la breca es mucho mayor, sugiriendo que esta podría ser parte de una política del Estado a favor de las mujeres.

Por su parte el hecho que solo el 5% de las mujeres que acceden a crédito lo hagan a través de bancos privados es un reflejo de la restricción estructural que representa para las mujeres no contar con propiedades que puedan brindar como garantías. Esta situación se revela en que solo un 2.3% de las mujeres que acceden a crédito pone terrenos o títulos como garantía, mientras que un 43.3% ofrece como garantía su participación en grupos solidarios, seguidas de quienes ofrecen sus bienes muebles o prendas (22.3%); por el contrario, las garantías que ofrecen los hombres corresponden a su tenencia de recursos productivos. De modo que las mujeres han logrado acceder de manera alternativa al crédito indicando que el mercado y otras instituciones están desarrollando mecanismos de acceso para las mujeres considerando sus limitaciones de género.

En correspondencia con la escasa tenencia de propiedades y recursos productivos de las mujeres así como con la forma en la que estas se insertan al mercado laboral (principalmente por su propia cuenta), más de la mitad de las mujeres que acceden a crédito lo hacen para abastecer u operar su negocio (48.4%) o bien para iniciar un nuevo negocio (9.4%). Si bien el motivo de crédito más frecuente para los hombres al igual que las mujeres es el negocio, su proporción es mucho menor a la de sus pares femeninas, y solo el 1.9% de los hombres que acceden a crédito lo solicitaron para iniciar un nuevo negocio. Por su parte los motivos por los que los hombres acceden al crédito están distribuidos equitativamente entre el negocio, la finca y préstamos personales.


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La información reciente sobre la realidad socioeconómica de hombres y mujeres nicaragüenses recabada por FIDEG en 2013 permite identificar la desigualdad de género presente en las condiciones de vida de las personas y en la forma que estas acceden a los mercados, como estos han sido permeados por los roles y mandatos de género y reproducen esos esquemas a nivel macro. Se observa que actualmente las mujeres tienen una condición de vida mejor que los hombres en cuanto a su nivel de consumo, pero menor en relación a la capacidad de satisfacer sus necesidades básicas, particularmente la tenencia de una vivienda adecuada, no así en el acceso a servicios básicos y servicios sociales donde tienen una ventaja respecto a los hogares dirigidos por hombres, lo cual podría vincularse a que los hogares liderados por mujeres son en su mayoría urbanos.

La información también indica cómo se están realizando avances por ejemplo en el acceso de las mujeres a recursos financieros a través de mecanismos no convencionales como los grupos solidarios. Por otro lado, pese a las diferencias en la forma de insertarse en el mercado laboral, la presencia de una división sexual del trabajo y una calidad de empleo relativamente menor para las mujeres que para los hombres, su mayor participación económica en conjunto con la ventaja educativa que se reporta en mayores tasas netas de matrícula femeninas en todos los niveles educativos reportan una oportunidad para la superación de brechas entre hombres y mujeres si se dispone de políticas nacionales que promuevan la equidad de género.

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Notas:
(1) Las transiciones positivas son: Pobre extremo a Pobre no extremo, Pobre extremo a No pobre, Pobre no extremo a No pobre.
(2) Más de 3 o 4 dependientes por generador de ingreso en el área urbana o rural respectivamente.
(3) Más de 4 o 5 personas por cuarto en el área urbana o rural respectivamente.
(4) La formalidad es deseada porque permite recibir todos los beneficios y derechos que la Ley concede incluyendo la seguridad social y una remuneración estable y suficiente para suplir las necesidades básicas del hogar.