24 de Abril 2007 - Managua, Nicaragua

Prueba de texto q aumenta


FotoGilda Charlotte Sánchez Padilla

Lety es bien conocida en el barrio Monseñor Lezcano y sus alrededores. Desde muy temprano sale a vender comida en su carretón y se ubica en la delegación del INSS de Linda Vista. Durante la semana Lety sale a vender con su esposo, pero en las vacaciones escolares y los días feriados andan acompañados de un niño de 10 años, que es su hijo. Lety no quisiera llevar a su niño a “asolearse”, el problema es que ella “tiene” que trabajar y como alguien tiene que cuidar a su hijo, se lo lleva al trabajo. El problema de Lety es el que la mayoría de las mujeres en Nicaragua y el mundo enfrentamos al tratar de conciliar la responsabilidad familiar y el trabajo productivo, debido a que se nos ha asignado el rol social de Ama de Casa.

La participación de la mujer en el trabajo(remunerado) fuera del hogar



Una de las mayores luchas en la búsqueda de la equidad de género y el reconocimiento social y económico de la mujer ha sido participar en la esfera pública, ámbito que hasta hace algunas décadas era un espacio masculino. Especialmente ha significado un avance el aumento lento pero sostenido de la participación femenina en el mercado laboral. Datos de FIDEG permiten observar que en Nicaragua entre 2000 y 2011 la proporción de mujeres en edad de trabajar que estaban económicamente activas ascendió a 47.2%, aumentando 4 puntos porcentuales en el periodo.

Sin embargo, la participación de las mujeres en el mercado laboral sigue siendo muy inferior a la de los hombres (78.6% de los hombres en edad de trabajar estaba económicamente activo en 2011). Los empleos que han absorbido a la creciente mano de obra femenina son mayoritariamente informales (74% de las mujeres ocupadas tiene un empleo informal), generados por ellas mismas (41.5% de las mujeres ocupadas trabajan por cuenta propia), más de la mitad (57.6% de las mujeres ocupadas) trabaja menos de 40 horas a la semana por razones ajenas a su voluntad y un 20.8% de ellas trabajaba sin recibir ningún pago.

La participación de la mujer en el trabajo dentro del hogar (trabajo doméstico y cuidados)



Al contrario, las mujeres somos en la gran mayoría de los casos quienes nos hacemos cargo del trabajo de la casa (cocinar, limpiar, lavar la ropa, planchar, etc.) y del cuidado de la familia (los niños, los ancianos, los enfermos). Un estudio del Banco Mundial refleja que en los países desarrollados (miembros de la OCDE) más del 50% de los cuidados recibidos por los niños son informales y provienen principalmente de familiares femeninas, particularmente abuelas; el mismo estudio menciona que en países de menores ingresos siguen siendo las mujeres de la familia, pero en este caso la más jóvenes –hermanas y tías- quienes se encargan del cuidado de los infantes.

Según el Panorama Social de América Latina y el Caribe 2012 producido por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el 85% de los hogares de la región no puede contratar los servicios de cuidado y trabajo doméstico fuera del hogar, por lo que son las mujeres de la familia las que asumen esta responsabilidad. Esto es congruente con que según la Revista Médica 2004 de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) las mujeres suplen el 80% de los cuidados a ancianos, enfermos y discapacitados dentro de los hogares.

Los datos nacionales más recientes respecto al uso del tiempo (FIDEG 2006) indican que las mujeres efectivamente somos quienes mayoritariamente nos encargamos del cuidado de los demás miembros de la sociedad. Según FIDEG, en 2006 las mujeres asumían el 81.9% del total del tiempo dedicado a las actividades domésticas y de cuidado, pero a la vez asumían el 40.7% del tiempo dedicado a las actividades productivas, el tiempo de las mujeres representaba el 57.7% del tiempo total dedicado a ambos tipos de trabajo.

¿Cuál es el problema?



Aunque estudios realizados por FIDEG y por INIDE han demostrado el valor económico y social de la ardua labor que las mujeres realizan dentro de sus hogares –según FIDEG este trabajo generaba una producción equivalente al 80% de las exportaciones nacionales y al 85% de lo recibido en cooperación internacional en 1995, mientras que INIDE estimó que equivalía al 30% del PIB en 1998— la sociedad sigue desvalorizando el trabajo doméstico y asignándolo como un “deber” de las mujeres, situación que tiene importantes consecuencias en el bienestar de la población femenina al tener que soportar largas jornadas de trabajo dentro y fuera del hogar, limitar su acceso al empleo remunerado y por ende al ingreso personal, a su autonomía como persona, haciéndola más vulnerable a la violencia y el maltrato, y al final incidiendo en su autoestima.

De modo que si bien tanto hombres como mujeres se enfrentan a las mismas limitaciones estructurales del mercado laboral para encontrar empleos de mejor calidad, la situación de las mujeres es comparativamente peor a la de sus pares masculinos, al existir un elemento adicional -fuera del mercado- que obstaculiza y limita la plena inserción de las mujeres o al menos su posibilidad de inserción en las mismas condiciones que los hombres. Esto se debe a que al igual que otros servicios, el trabajo de cuidado del hogar y la familia tiene un costo económico, significa el uso o dedicación del tiempo de la persona que lo realiza y por ende implica un costo de oportunidad, generalmente la oportunidad de las mujeres de tener un trabajo remunerado o de mejor calidad.

Surge el dilema



Esta situación impacta la forma en que las mujeres toman sus decisiones laborales y por ende la forma de insertarse al trabajo productivo. Sus alternativas hasta ahora son trabajos formales de tiempo completo pero llevando una doble jornada laboral -fuera y dentro de casa-, perderse la oportunidad de tener un ingreso propio, o aceptar trabajos de menor calidad que a los que acceden los hombres. La mayor parte de las mujeres ha optado por la última alternativa al tratar de conciliar las responsabilidades familiares con su vida laboral, esto se comprueba en la mayor presencia de las mujeres en trabajos más flexibles, trabajos informales, a domicilio, negocios propios o jornadas de trabajo de tiempo parcial.

Aún así las jornadas laborales (dentro y fuera del hogar) de las mujeres son extenuantes, según datos de FIDEG en 2006 una mujer dedicaba en promedio 10 horas diarias a los oficios de la casa y el cuidado de los niños y otros miembros del hogar, mientras que destinaban 8 horas diarias al trabajo productivo, es decir que su jornada completa era de 18 horas diarias. Al contrario, los hombres en promedio dedicaban 3 horas al trabajo doméstico y 9 horas diarias al trabajo productivo.Aunque todas las mujeres se encuentran en esta situación, el grado en que la afecta varía en función de elementos como: el nivel de pobreza, el área de residencia, nivel académico, cantidad de hijos y edad.

En cuanto a la pobreza existe una doble vulnerabilidad –denominada trampa de pobreza--: las mujeres más pobres no pueden contratar a alguien para que realice estos cuidados, ni pueden pagar servicios privados especializados, pero dedicarse a estas actividades hace que no tengan la oportunidad de acceder a un ingreso que disminuiría su nivel de pobreza y el de su familia. Al contrario, las mujeres con niveles de educación más altos tienen más posibilidades de encontrar empleos que les permitan conciliar su vida familiar con el trabajo, a la vez que estos trabajos son mejor remunerados permiten contratar mano de obra doméstica o comprar máquinas que reduzcan la intensidad del trabajo dentro del hogar.

Por otro lado, se ha comprobado que las mujeres rurales destinan mayor parte de su tiempo al trabajo reproductivo debido a la cultura, la estructura del mercado laboral rural (principalmente agrícola) y tareas domésticas más tardadas (ir a traer agua lejos del hogar). También la carga de trabajo doméstico de la mujer va cambiando a lo largo de su vida, según la Encuesta de Uso del Tiempo realizada por el INEC en 2001, las niñas participaban en el61% de las actividades domésticas o apoyo en el cuidado de la familia, pero las mujeres adultas participaban en el89.7%de estas actividades. Además, la cantidad de tiempo que las mujeres adultas destinan al cuidado de su familia es mayor mientras más niños menores de 5 años hallan en el hogar y mientras más pequeños sean los niños.

Diferentes soluciones



Para poder liberar parte de su tiempo y participar en el trabajo productivo gran parte de las mujeres han trasladado su responsabilidad de cuidadoras del hogar a otras mujeres de la familia, mayoritariamente a sus madres, o a otras mujeres de su red social: amigas, vecinas, parientes. Estas personas brindan un servicio de cuidado informal a aquellas mujeres que no pueden pagar un servicio doméstico o una guardería privada.

La existencia de esta red de cuidado informal incide directamente en la participación de la mujer en el mercado laboral. Estudios citados en el artículo Grandparents as Child Care Providers: Factors to Consider When Designing Child Care Policies, publicado por el Banco Mundial, han demostrado esta relación: Maurer-Fazio (2011) estimaron que las mujeres Chinas casadas que viven con sus padres o suegros tienen 12% más de probabilidad de trabajar. Posadas y Vidal-Fernández (2012) estimaron que contar con el servicio de cuidado infantil de los abuelos aumenta en 15% la participación de las madres en la fuerza laboral. Carvalho et al. (2011) encontró que la provisión de servicios de cuidado infantil en los vecindarios pobres de Rio de Janeiro aumenta la participación de la mujer en la fuerza laboral 10% pero que no afecta la cantidad de horas de trabajo.

Sin embargo, vale la pena evaluar la viabilidad de mantener y reforzar este sistema informal de cuidados fundamentalmente ofrecido por mujeres, porque implica liberar a algunas mujeres a costa de la exclusión de otras y se mantendría o reforzaría el rol social que responsabiliza exclusivamente a la mujer del cuidado familiar y asigna al hombre el papel esencial de proveedor. De modo que se necesitan políticas que en aras de la equidad de género y la construcción de un nuevo modelo de convivencia, incluyan la promoción y fomento de la responsabilidad de cuidado familiar compartida entre hombres y mujeres.

Pero estas políticas solo funcionarán en la medida que todos los actores sociales se hagan partícipes, el estado a través de la educación a niños y jóvenes, con la creación de normativas que permitan conciliar la vida laboral y familiar tanto de hombres como de mujeres, con la creación de guarderías infantiles, etc. Las empresas mediante sus políticas internas de personal, por ejemplo proporcionando permisos o jornadas flexibles por maternidad y paternidad, eliminando la discriminación por sexo y tenencia de hijos, etc. La comunidad y la familia entera, sin distinción de sexo deben participar en su auto-cuidado, ya que solo al replantearse esta responsabilidad como conjunta y compartida y no limitada a la esfera femenina, se superarán las barreras que actualmente las mujeres enfrentan para alcanzar un mejor nivel de bienestar.