12 de enero de 2012 - Managua, Nicaragua
Ante la cotidiana realidad de ser pobres

• Una anécdota sobre la cotidianidad de la pobreza en Nicaragua.

El diciembre recién pasado pude disfrutar de unas hermosas y relajantes vacaciones. Una de las partes más divertidas de esta travesía fue visitar una de las playas más populares de nuestro país: Pochomil. La playa estaba hermosa, el agua estaba limpia y refrescante, la comida era deliciosa, el día era soleado y se sentía una fresca corriente de viento. Mientras disfrutaba del paisaje la realidad irrumpió: se acercaron varias vendedoras de bisutería hecha con materiales del mar, pero lo triste es que la mayoría eran niñas menores de 13 años; a este desfile se sumaron 3 niños de unos 10 años de edad que vendían adornos.

Uno de los vendedores de adornos, un niño de unos 10 años, nos comentó que de cada adorno que el vendía en 10 córdobas, él se ganaba 5 córdobas. Nos contó que a esa hora ya había logrado vender 10, así que llevaba 50 córdobas para su casa. Además nos refirió que los adornos no los hacía él, sino una señora que vivía en Masachapa y se los daba a vender a él, quién le ayudaba a la señora a recoger las conchas del mar, bien temprano en la mañana. No cabe la menor duda que este niño pertenece a una familia pobre, en la que los adultos no pueden recoger suficiente dinero como para sostener el hogar y es necesario que los niños también “aporten”.

La plática con este pequeño trabajador me recordó una experiencia que dejó marcada mi vida, mientras acompañaba al equipo de trabajo de campo de FIDEG en el levantamiento de las encuestas para la medición de la pobreza en Nicaragua, pero a diferencia que en el mar y todos los días que viajo por la ciudad de Managua, no fui espectadora de la pobreza, sino que entré en ella al entrar a la casa -y de alguna manera en la vida- de doña Blanquita durante las 2 horas que duró la entrevista.

Doña Blanquita es una mujer que habita en el municipio de Dipilto, departamento de Nueva Segovia. Cuando entramos en su casa, era imposible obviar que no había nada adentro, solo una tina de plástico al fondo de la sala -donde imagino que guardaban alimentos- y dos sillas de plástico en las que doña Blanquita nos ofreció sentarnos, mientras ella y sus dos niños estaban de pie.

La familia parecía ser muy pobre, sus ropas estaban desgastadas. Me llamó especialmente la atención, la ropa del niño más grandecito: andaba un pantalón doblado en la parte de abajo, como le quedaba flojo, un pedazo de bolsa plástica le servía de faja y andaba descalzo, al igual que su mamá y su hermanito (de aproximadamente unos dos años de edad), quien tenía la típica pancita hinchada por las lombrices y usaba una camisolita de bebé y un calzoncillo. La condición de pobreza fue comprobada a la hora de preguntarle sobre el consumo de alimentos, cuando doña Blanquita refirió que la mayoría de los productos alimenticios no fueron comprados ni conseguidos de otra forma durante los últimos 15 días.

Las condiciones de pobreza observadas en doña Blanca y su familia afectaban su calidad de vida más allá de sus carencias materiales. Al igual que la mayoría de la población con bajo nivel académico, doña Blanquita parecía ser analfabeta funcional, ya que aunque ella sabía leer y escribir (llegó hasta sexto grado de primaria) no comprendía las preguntas que la encuestadora le realizaba y se le hacía muy difícil contestar. Mientras que su hijo mayor quién tenía 14 años de edad parecía un niño de 10 o 12 años, ya que era pequeño para su edad y era muy delgado. Esto coincidía con las condiciones físicas del resto de la familia y con las respuestas de doña Blanquita en cuanto al escaso consumo de alimentos.

Sentí un gran alivio cuando la extensa entrevista terminó, pero la respuesta final de doña Blanquita me sorprendió; cuando la encuestadora le preguntó si consideraba que su nivel de vida había mejorado, ella contestó que SÍ un poco, pero no supo decir en qué. Su respuesta me dejó un nudo en la garganta y una gran interrogante en mi mente, un sentimiento de tristeza profundo y la ansiedad de que su pobreza fuera solo una pesadilla. Pero era la realidad y quizá la vida normal que yo llevo es el sueño, el que posiblemente ellos ya no sueñan. La vida de los verdaderamente privilegiados no cabía en mi mente en ese momento, sentí una indignación que aún me embarga, pero que es inútil, tan inútil como la impotencia que me genera todavía esta realidad que vive casi la mitad de personas nicaragüenses como yo.

Sin embargo, ante nuestra realidad: la del niño vendedor de adornos en Pochomil, la de los vendedores ambulantes de la capital, la de los campesinos que pasan hambre y la de doña Blanquita; no podemos quedarnos inmóviles, inactivos o mantenernos como pasivos espectadores insensibles. Sino tratar de hacer un cambio ¿pero cómo?, si no está en nuestras manos el que la realidad general cambie y no tenemos la barita mágica de la felicidad. Desde nuestro ámbito de acción, haciendo lo mejor que podamos para que nuestro trabajo sea productivo, promoviendo la salud y la educación a través de nuestra influencia, manteniendo y transmitiendo a todos los que conozcamos un inquebrantable deseo de superación.

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